Dicen que este verano no ha sido un año de caballas. El verano -el de los extranjeros- se despedía para dar paso al verano de aquí. El de la poca gente y de la mucha playa. Septiembre presenta sus credenciales encerrando a Cádiz en locales de ensayo para iniciar un ritual que se remonta a tiempos remotos y se repite año tras años. Aunque este septiembre era distinto: no había caballas.

Por Luis Rossi / Foto: Miguel Hernández

En este annus horribilis de despedidas tristes en el mundo del Carnaval, del adiós a Chari Delgado, Pepón, Catalán Chico o Juan Carlos, también se quiso despedir Manolo. Y entre Caleta, Carranza y Falla, los tres pilares de su pasión, pero por encima de todo su familia, se fue Manué, Manolito, Manolo, el Carvo, el ‘age’ y el ‘malage’ de Cádiz. Capaz de los segundo, natural en lo primero.

Recuerdo una de sus apariciones por los pasillos del Falla con el tipo de aquella chirigota. Cantaba el grupo en Cuartos y creo que a últimas horas. No andaba muy contento, quizás porque no había cuajado la chirigota, quizás por la hora, quizás por los nervios… ‘equi’. Lo cierto es que fui presto a meterle la ‘arcachofa’ de la tele -algo que sé que suele incomodar mucho a algunos- y le hice una entrevista. Cuando acabé, con rostro serio como queriendo acabar yo antes que él, quizás dándose cuenta de lo ‘malage’ que había estado conmigo me dijo “¿ma metió mucho en el tipo a que ji?”. La carcajada llegó hasta Miguel Ángel Fuertes y así se puede definir perfectamente una forma de ser.

 “¿ma metió mucho en el tipo a que ji?”

Como no son pocas las anécdotas, resumo el resto una de ellas, de hace más de veinte años. Siendo pive -cuando no había internet, ni tanta explosión mediática del carnaval- con mi hermana y mi cuñado fuimos a comer al célebre ‘Marcao pa to la vía’, el del Toni, el antiguo, el de la calle Rosa. Allí, entre cuadros de agrupaciones antiguas, estampas del Cádiz y nombres carnavalescos en la carta -nunca me olvidaré del chanwi de Pedro Romero, tan inmenso y rebelde como él o los zumitos de La trinchera, con su guasa al grupo- aparecía lo más selecto del Carnaval por aquellos entonces. Caras conocidas que, por mi edad y mi afición, eran los Cristianos Ronaldos y Messis del momento.

Allí que llegaba Manolo Santander pidiendo “un chanwi pal niño” y entre charlas, coplas, anécdotas, se nos fue pasando del mediodía a la tarde. Yo ni hablaba, solo escuchaba y escuchaba. Reía y escuchaba. Cuando de pronto llegó la hora de marcharse, siendo nuestra sorpresa la petición del propio Manolo de acompañarles a su casa y continuar con la conversación. Imagínense el momento. Llegamos a su casa y allí empezó a sacarnos fotos de él con el Libi en los Tom Sayer; nos puso la cinta de cuando Paco Alba fue abucheado y como traca final, nos puso -creo recordar que en midi- un pasodoble que le había hecho Prado Durán para ese año.

Porque la forma de hacer chirigotas no está reñido con la juventud ni con las canas.

Nos marchamos y camino de vuelta vimos cómo la diosa caballa salía en procesión hacia su anual sepelio. Empezó septiembre y a ensayar la Familia Pepperoni. Y ese año presumía ante mis amigos de dos cosas: que había escuchado el pasodoble de Manolo y que las corbatas de los Pepperoni las hizo mi madre. Con el tiempo le refería la anécdota junto a su hijo y aunque él no la recordaba -normal- a mí me marcó, literalmente, para toa la vía.

Porque la forma de hacer chirigotas no está reñido con la juventud ni con las canas. Porque Manolo era tan Washi como Lupi, tan Emilio, como Emilín, tan Portilla como Francis, tan Manolín, como Manolo, tan Carlitos como él. Cuestión de gustos, pero siempre respetando. Él le cantaba continuamente a eso. A su defensa del estilo. A su forma de ser. Tanto que era capaz de convencer a la frescura de los jóvenes y formar grupo con los viejos en esta su última etapa, a partir de Los Destripadores, culminando de la mejor manera, con un primero. Y por encima, como se apunta antes, su Palmi, su Manolín, su Meli: Triángulo mágico del Santanderismo.

Hoy que le decimos adiós, solo queda recordar a través de sus coplas y de sus anécdotas el tiempo pasado. Hoy queda la Caleta, el Falla y el Carranza, lo gaditano. La forma de entender Cádiz. Un estilo de viña. Septiembre empieza, pero este año hay menos caballas que nunca, el mal augurio o la maldición de una lapa negra, pero que nos deja para los restos, amén de la salve cadista, la esperanzadora sentencia: “por una cosita mala, hay a tu lado mil cosas buenas”.